lunes, 23 de enero de 2017

Un relato, un amigo: todos contra el bulling

TODOS CONTRA EL BULLING III


LA MANO QUE ATRAPA

Faltan pocos minutos para que suene la sirena. Afuera, hace un sol calido de otoño, que los niños, desean devorar con avidez, igual que el bocadillo que guardan en sus mochilas.
Ya no hacen caso de las ultimas indicaciones del profesor. Parecen abejas excitadas, dentro de una colmena. Suena la sirena, se levantan como si tuvieran un resorte, y salen atropelladamente, hacia las escaleras que llevan al patio, para gastar hasta el ultimo de los segundos del recreo, en multitud de juegos, risas, confesiones infantiles, y alguna que otra pelea sin importancia, que luego se salda con un apretón de manos.
Todos, menos Carolina. Carolina, una niña de larga melena obscura, espigada , dicharachera a mas no poder, e inquieta como un ratón.
Pero hoy, no. Hace dos, tres semanas, que ya no es la primera en salir corriendo, ni la que inventa los juegos, ni la misma que hay que mandar callar cada dos por tres.
Ahora, sale con los pies casi arrastrándose, con la cabeza gacha, tapándole el flequillo unos ojos castaños, con lentillas de tristeza.
Siente en su corazón, una mano invisible que lo aprieta, una angustia que le va secando las ganas de vivir.
Le han mandado vitaminas, reconstituyentes caseros varios, echos por su abuela, visitas sin numero al medico, y siempre la misma explicación.
Que si está en la edad de crecimiento, en la edad del pavo..., que se ha vuelto una vaga y hay que espabilarla...
Pero ella, solo ella, sabe cual es la razón de su marchitamiento.
Se llama Raul, un repetidor, el líder de la clase. ¡Y, ay de quien le plante cara!, le saldría caro.
Eso, precisamente, es lo que le hizo ella.
La primera vez, el primer insulto, se defendió, y el contraataque de este individuo, no por esperada, fue desproporcionada. La tiró por la escalerita de cuatro escalones, y se torció el tobillo.
Un accidente. Sí, un accidente más de los que suelen ocurrir.
Ahí, el agresor, aró con sus manos, un surco en su corazón, y puso su semilla de miedo dentro, y la regó con lluvia de silencio bajo amenaza.
Por falta de tiempo, su madre le quitó importancia cuando le contó lo realmente sucedido. Su padre, ni estaba, trabajaba.
Como una sombra, su agresor, salia de los rincones, y le quitaba el bocadillo, la agredía, si no era de su gusto, y aunque lo fuera, también.
En clase, era peor, sentado justo detrás de ella, recibía solapadamente, notas insultantes, denigrantes y humillantes.
Varias notas en la agenda escolar, y mismas citas con el profesor, para hablar sobre su bajo rendimiento, y su actitud cada vez mas distante y antisocial, aislada.
El pediatra, con buen criterio, que estaba yá con sospechas fundadas, mandó salir a la madre, y se quedó a solas con Carolina.
No pudo más y, derrumbándose como un castillo de naipes, le contó, todo el infierno que estaba sufriendo. El medico, que no era la primera vez que escuchaba una cosa así, pues, en estos tiempos era cada vez mas frecuente dicho fenómeno.
Hizo pasar a la madre, y le dio un folleto informativo sobre el bulling.
Con los ojos como platos, con cara de incredulidad, sintió también la misma mano invisible, que atenazaba a su hija, oprimiéndole el alma.
El medico les dio cita para el psicólogo, al día siguiente, y se fueron de la consulta.
Se llevó a su hija a desayunar, se sentó a su lado, la abrazo con ternura, y le pidio que le contase todo.
Tenia prisa por volver al trabajo, pero nó, que le dieran por culo al jefe, su hija, primero.
Cuando su hija, poco a poco, fue describiendo uno a uno, como los infiernos de Dante, por todo lo que estaba pasando, una mezcla amarga de tristeza y rabia, se acumulaba en su garganta, y le costaba tragarla para digerirla.
Tristeza por su hija, por lo que estaba sufriendo. Tristeza por ella, que apenas tenia tiempo para dedicarselo a su hija.
Rabia, por ese puto extranjero, y la hija de puta de su madre, que se fueran a su país. Rabia, por un sistema cada vez más inoperante, y permisivo. Menos vigilante, y menos protector.
Al día siguiente, la hora que duró la consulta, fue como un tubo de bálsamo que reconfortó las heridas.
Pidió una semana de vacaciones, y acompañó a su hija al colegio.
Y la esperó a la salida.
Como era costumbre, Carolina, salia la ultima.
Paseando las dos, por la acera vacía de niños y madres, dos figuras, de una madre y su hijo, se acercaban en dirección contraria a ellas.
Carolina, reconoce al niño, se parapeta detras de su madre, abrazándola por la cintura.
-¿Ese es el niño?.
Carolina, asiente con la cabeza.
Cuando madre e hijo, se ponen frente a Carolina y su madre, se detienen.
La madre de Carolina, aprieta los dientes, y sus ojos, centellean de odio. Con gusto, le daría un bofeton a cada uno, a madre e hijo.
Pero algo la detiene. Tiene en sus ojos, clavados los ojos  casi llorosos de la madre del niño, en los suyos.
Unos ojos obscuros, sudamericanos, ojos de madres.
-¿es usted la madre de Carolina?-le pregunta, cogiendo las manos de la madre de Carolina, con las suyas propias-.

Quisiera retirar las manos, pero no puede.
-quisiera ofrecerle mis respetos, y mis disculpas. Mi hijo me lo ha contado todo, bueno, mas bien, le obligue. No sabría como recompensarle el daño, mi hija -abraza tiernamente a Carolina-, Raul, tiene que decirla algo.
Raul, le coje la mano a Carolina, y le pone algo dentro. Carolina, la abre, y descubre una preciosa flor de papel machè.
-Perdóname, he sido un bruto-dice cabizbajo-¿podrías perdonarme?.
Por instinto, las dos madres, y los dos niños, se abrazan, con el silencio de la calle, como testigo.
Y la mano invisible que aprieta, se abre, para abrazar.
FIN.
Emiliano Heredia Jurado

Alcala de Henares (Madrid)

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