jueves, 10 de marzo de 2016

un relato un amigo:libertad de expresion

                               Sin palabras


Esta vez propusimos un tema muy de actualidad que es la libertad de expresión, a partir de ahí nuestro amigo Emiliano nos ofrece este relato , espero que os guste .


Juan García García. Un nombre común, unos apellidos corrientes. Un hombre normal.
Juan, de toda la vida de Dios, había sido un hombre que correspondía al fenotipo de
ciudadano vulgar al uso. Una infancia en un barrio obrero del extrarradio;
enfermedades, las comunes en su edad, con algún que otro incidente sin importancia,
consecuencia de sus juegos infantiles.

El paso por el instituto, sin pena ni gloria, aprobado justo y gracias, con nota justa para,
al acabar el último curso, enlazar con un curso de fp de secretariado, donde conocería
a la que en un futuro, se convertiría en su mujer, después de un tedioso noviazgo de
fines de semana en el bar de siempre, de tardes de cine y horas de paseo en el parque
comiendo pipas.

Nunca había destacado por nada que no fuera seguir una vida estereotipada. Repleta
de normas e imposiciones que, si bien nunca llegaba a entender porque era asi, jamás
se le ocurrió discurrir el porqué de su existencia, como tampoco discutir su
cumplimiento.

Siempre había sido así, desde que tenia recuerdo de tal cosa. En el colegio, haz esto
porque es así y lo digo yo, y punto. Con sus padres, porque sabían más de la vida que
él, y tenían, por ende, más experiencia. Con su novia, la cosa no fue mejor, se dejó
remolcar como un barco varado en un mar tranquilo, sin hacer ruido.

Ahora, con los años, cuarentón, gordete, medio calvo, administrativo de tercera en el
ministerio, cuando por las mañanas se miraba al espejo para afeitarse, a veces, se
hacia la misma pregunta: ”¿y si alguna vez se hubiera atrevido a alzar la voz?, ¿a dar su
opinión?, ¿hubiera cambiado su vida?, ¿a peor?, ¿a mejor?”

Tenia retenidos en un cajón oxidado de su mente, algunos momentos, en los que,
cuando hacia algún conato de protesta, esta era aplastada como un junco bajo un
zapato, por el impositor de turno.

En el colegio, por ejemplo, cuando le dijo a Ia seño, que eran aquellas las pinturas que
quería, que era eso que queria pintar, se le dio, aquellas malditas acuarelas, para
pintar el dichoso jarrón. A consecuencia de que su protesta se arrugo como una bola
de papel, y se tiro a la papelera dela indiferencia dela seño, saco el mayor rosco de su
vida en EGB. Y con los juegos de patio, tampoco era muy diferente. Si quería jugar al
trompo, sus amigos a las canicas, si el a las canicas, ellos alas chapas.

De nada servia que frunciera el ceño, se cruzara de brazos, pataleara, protestara, y
hasta rabiara. Si él hablaba, se le hacía el mismo caso, que a ese Jesús que predicaba
en el desierto, que de tanto hablaba el profe de reli.

Con sus padres, más de lo mismo. Si queria ponerse los vaqueros, un Domingo, su
madre le obligaba a ponerse esos horribles pantalones de tergal, que le producían
picores en la entrepierna, y esa hortera camisa de niño pollo, para rematar la salida de
casa, con el pelo alisado con colonia, como si una vaca hubiera lamido la cabeza. Y
todo, para ir a misa, y a comer a casa de la abuela, que de tantos besos, te dejaba la
cara como un piel roja. Y tampoco podia protestar, porque el resultado podria ser,
según la intensidad de la protesta, desde un pescozón hasta un zapatillazo, con esa
suela de goma que rebotaba, con lo cual, el azote era doble.

Con su novia, ahora su mujer, tuvo que tragar incesantes sesiones de cine romanticón,
eternas tardes de parchís en casa de sus suegros, amén de no poder rozar ni siquiera
un pelo, asi, como tuvo que tragar toda la planificación de su boda, en ese horterísimo
restaurante “de toda la vida" del barrio, amigo el dueño de toda la vida de sus suegros.
Donde el menú fue lo más parecido a la comida que le ponían en la mili, y aun
recordara (y su estómago también), aquel filete que la suela de su zapato, estaba más
masticable y, por supuesto, digerible. Su casa, decorada al alimón por su mujer, y su
suegra, parecía una exposición de Galerías Preciados, de los años 60, y tampoco pudo
decir nada, de nada, de nada. Estaba claro, cualquier chispazo de cambio de planes, de
opinión, era rápidamente extinguido por el socorrido extintor del ”tú ya no me
quieres", que le desmontaba cualquier argumento.

En el trabajo, tampoco era diferente, simplemente, era ese de ahi, que viene a
trabajar, de nueve a dos, y se va a casa.

Pero un dia, al salir del trabajo, se encontró con una manifestación delante del
ministerio, y un policia antidisturbios, bruscamente, Ie espeto que se marchara de alli,
cogiéndole bruscamente del brazo.

_ ¡Oiga!, ¡que yo trabajo aquí!, ¡no tengo nada que ver con esto!

De nada sirvieron sus protestas, se fueron como el humo se va con el viento, al sentir,
un intenso dolor en el costado derecho, resultado del tremendo empujón que le dio el
policía. Malhumorado, se dirigía hacía la boca del metro, frotándose de vez en cuando,
con la mano, la zona dolorida, emitiendo un débil quejido, cuando se tocaba. ”Malditos
polis", ”estos son el brazo ejecutor del sistema represor que estamos sufriendo“,
"cobardes", "solo se meten con quien pueden“, en esto estaba pensando, cuando, de
repente, se dio cuenta, que los gritos de los manifestantes cesaron, dejando paso a un
clamor generalizado, tanto de estos como de los policias. El tráfico se detuvo, la gente
salia de los coches, y miraba al cielo. El, también miro hacia arriba, y casi se cae al
suelo, de espaldas, de la impresión.

Allí, escrito en el cielo, estaba escrito, como si un avión de estos que escriben el cielo,
todo lo que habia pensado hacía un momento. Rápidamente, miro a la policía, sus
caras y sus cuerpos, denotaban una graciosa mezcla de estupor y enfado. Aunque el
que estaba más gracioso, era el oficial al mando, berreaba, como un poseso, a través
de la emisora, buscando al o a los culpables, gesticulaba como un payaso de estos
tentetiesos. Toda la ciudad, y pueblos de alrededor, estaban viendo el fenómeno. Al
cabo, todo se convirtió en un jaleo y un clamor popular, seguido de un aplauso
multitudinario, mientras las palabras se difuminaban en el cielo.

Se dio cuenta de que tenia un poder, fruto, de tantos y tantos años de represión, todo
lo que pensaba, se podía plasmar en algún objeto físico, para que todo el mundo lo
viera.

Al día siguiente, en la oficina, pasó a su lado, el jefe de gabinete, y pensó “el señor
Quiroga, es un miserable, que se tira a las becarias, y su mujer tiene más cuernos que
un saco de caracoles“. Al instante, todas las paredes del pasillo, se cubrieron con
infinitas reproducciones de este pensamiento. A la estupefacción inicial del susodicho,
siguió un episodio de enfado terrible, que se atajó gracias a Ia sorna general, que le
señalaba, y muerto del bochorno, salió como la lava de un volcán, por la puerta del
ministerio, y no se le volvió a ver jamás por la oficina.

Ese fin de semana, en casa de sus suegros, pensó ”señora suegra, es usted un plomo,
hortera y mandona, y su hija es la fotocopia“. Todas las paredes, el suelo, se cubrieron,
del ataque de nervios, que vino a continuación, gano dos cosas: mantener a su suegra
fuera de circulación, una semana en el hospital, y que su mujer se fuera de casa para
siempre, consumida por la vergüenza.

Por la calle, vio a un antiguo compañero de colegio, el más fanfarrón, agarrado a la
cintura de una exuberante rubia, que, daba todas las pistas de ser una mujer de la
calle.

_! Hombre García!, cuánto tiempo, Mira, guapa, te presento a García, el más tonto
entre los tontos, ja, ja, no me mires así, que es una broma.

_Encantado —respondo—

En ese instante, una imagen viene a mi cabeza, yla expongo por todas partes, como si
fuera un cartel de un perro perdido. Acababa de descubrir que también puedo sacar
imágenes. En esta imagen, salia este compañero, agarrado a un travesti, besándose
apasionadamente, con un texto que dice ”Mario Galán el seductor de mujeres". Ni que
decir tiene que la señorita salió por patas, y mi compañero, las últimas noticias que
tengo de él, es que ahora se llama Vanessa.

Ando por la calle, iluminada por el sol que ya se va poniendo por el horizonte, me
detengo, cierro los ojos, inspiro, sonriendo, con las manos en los bolsillos, y digo, en
voz alta, para que todo el mundo me oiga:

—iNo nos dejareis hablar, pero no nos quitareis los pensamientos!

Alcalá de Henares, 12 de Febrero de 2016

Emiliano Heredia Jurado

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