jueves, 17 de diciembre de 2015

Un amigo, un relato: Parte 2

¡EN PELOTAS!

CAPÍTULO 2: ATREVIMIENTO

Sale el sol, y los rayos que entran por entre las rendijas la persiana medio bajada, me despiertan. Estoy entumecido, y noto en el cuerpo las consecuencias de una noche agitada. Me ducho, y el agua tibia hace desaparecer gran parte del cansancio acumulado. Me voy a vestir,…pero, la descabellada idea de anoche, aguijonea mi mente como una avispa furiosa encerrada.
Me siento en el borde de la cama, y miro el armario abierto de par en par. Desnudo, sintiendo en todo mi cuerpo la agradable y fresca brisa de la mañana, preparo el desayuno, y me los como sentado en la cocina, lentamente, acompañando cada bocado con cada pensamiento, meditando la idea que se cocina en mi mente. Nó enciendo la tele, para que nada entorpezca el correr de mi idea por los caminos de mi imaginación.
Me pongo unas playeras, una mochila con lo necesario, el móvil, la cartera, agua, algo de comer y algo de ropa, por si acaso.
Antes de abrir la puerta…, cierro los ojos,…tomo aire, y abro. Ya no hay vuelta atrás.
Adelante, lentamente…., salgo, y echo un vistazo antes de salir completamente, por precaución, por vergüenza, por miedo, no sé. Cierro y al girarme, me encuentro de frente con la hija de la vecina, y mi primera reacción es darme la vuelta, me tapo lo que puedo con mis manos, y le digo:
-¡espera!,!no mires!,!perdona!, yo…, yo no quería, de verdad, ha sido una locura, nó, en serio, ahora entro en casa….
Abro la puerta, para entrar, y vestirme, esto no ha sido buena idea. Pero antes de entrar, observo, que ni me ha mirado, ni ha notado mi presencia.
Habla por su móvil, y sale con la misma prisa del portal con la que salió ayer.
Cierro la puerta, extrañado y a la vez contento, porque, parece ser, que mi experimento, puede ser que tenga éxito.
Salgo a la calle, y miro a ambos lados, pongo un pie en la acera, luego otro y, una agradable sensación de libertad e independencia, me invade, me hace sentirme más seguro.
Ando unos metros, y me cruzo con una pareja de mujeres mayores que vienen del mercado, arrastrando su carro.
Con cierto pudor, me doy la vuelta, por si acaso y pasan a mi lado sin mirarme.
Mantienen una agitada y excitante charla, sobre lo caro que esta todo, y lo coco que cobran de pensión.
A cada paso que doy, me siento más seguro y noto como controlo más la situación.
Tomo el pulso a la calle, y como un espectador de lujo sentado en primera fila, veo como la gente, la vida, pasa a mi lado, sin darse cuenta que estoy ahí ni mucho menos, advertir que estoy completamente desnudo.
El cartero con su carrito, con paso acelerado, repartiendo por los portales. El repartidor de bebidas, sudando la goa gorda, empujando la garrucha con las cajas de bebidas, mascullando maldiciones contra todo,…el dueño del bar, que porque llega tan tarde, la gente que le pita, porque ha dejado el camión en doble fila…, el maldito escalón contra el que se atasca la garrucha (que a ver cuándo el imbécil de Paco, pone una rampa para subir).
Un grupo de estudiantes, que corren a coger el autobús, que está llegando a la parada, el que compra el periódico en el quiosco, a velocidad luz, casi tirando el dinero al del quiosco.
Una mama, con una barra de pan bajo el brazo, tirando de un niño, que se va comiendo un donut, saliendo de la panadería de Puri, a toda velocidad, y se monta en su coche, aparcado en doble fila y echado pestes por la boca, arranca como si algo o alguien la estuviera persiguiendo.
Es pertido, nunca había sentido esta agradable sensación de amplitud, de autonomía.
Me siento independiente, como un león escapado de su jaula. Me siento libre, siento esa libertad que tenía cuando era pequeño y no tenía responsabilidades, y no estaba en guerra con el mundo.

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